domingo, noviembre 30, 2014

SM Rechter: Un BDSM común.

SM Rechter: Un BDSM común. 


Título original: SM-rechter (S&M Judge)

Año: 2009

Duración: 90 min.

País:  Bélgica

Director: Erik Lamens


Reparto: Gene BervoetsVeerle DobbelaereAxel Daeseleire




Nos quedamos con una sensación de inconformidad al terminar de ver SM-rechter.  

Una pareja de esposos está a punto de celebrar sus quince años de matrimonio. Cuando la señora Koen ve el regalo que su marido ha pensado para ella, esta echa a llorar. Inmediatamente, la única hija y los amigos que también eran partícipes de la celebración, ven con asombro tal conducta. Pues bien, es aquí donde empieza la película. Saber el motivo por el cual la señora Koen echa en llanto es la invitación hacia un mundo truculento, repulsivo, amenazador; pero a la vez atractivo, gozoso y satisfactorio.

El esposo, un abogado respetadísimo; la esposa, una artista que, aparentemente, solo se ha dedicado a los quehaceres de la casa, ya que se ve en la cinta que no ha vuelto a pintar nada más que imágenes sexuales en un cuaderno, el cual es ocultado cada vez que alguien está cerca. La lucha o el conflicto entre un mundo asentado, ético, conservador (el esposo es un abogado, por lo demás, envidiado) y uno en donde lo que importa son los impulsos o las pasiones más descabelladas (esto solo en un primer momento, ya que estas transitan un camino in crescendo) es el argumento central de esta historia. 

En pleno siglo XXI  a nadie le puede quedar dudas de que el sexo aún juega un papel importantísimo en las relaciones de pareja. En muchos casos, es la única razón que lleva al divorcio. En la cinta, el protagonista sabe esto último y hará lo que sea para evitar que su mujer se aleje. ¿Cómo alguien puede sentir satisfacción con el dolor?, es lo que se pregunta, ya que el hacer “lo que sea” significa complacer a su esposa a como dé lugar. Tan alocada y enfermiza parece ser la mente de esta que la película se convierte ya en un análisis psicoanalítico que busca reprimir nuestra propia esencia, si no fuera de esta manera, pues no seríamos partícipes de un pre, durante y post BDSM (la secuencia intercalada de imágenes en plena sentencia a Koen, mostrando las exquisiteces que la pareja de esposos había realizado, es muy buena / Los protagonistas que son libres en plena práctica sadomasoquista/ los mismos protagonistas en la Corte que está próxima a dar el veredicto). 

Y si bien es cierto que tras el estreno de esta película los comentarios sobre ella fueron favorables debido a que se afirma que la cinta de Lamens es fiel a este estilo de vida, la cinta es más una condenación que una aceptación. La hija, ya una señorita, egresada de la escuela de cine de su país, logra perdonar a sus padres. Sí, no del todo, pero lo hace. Los amigos respaldan a Koen. La televisión y con esto la mirada social del espectador de carne y hueso parece también comprender que esta práctica es algo común entre dos personas, algo que si es compartido no tiene por qué ser castigado. Y, sobre todo, la esposa, la mujer, la desencadenante de este universo llamado BDSM, al parecer da por finiquitado el placer que ansió encontrar. Un gracias (la botella de champagne que su esposo le había regalado -ahora son 25 años juntos) y olvidemos todo. A continuar con nuestra vida (antes, una familia de clase alta, ahora, pues solo una de clase media que vive en un departamento común y corriente). No se condena a la mujer, se condena al hombre por haber caído en este tema tabú. Se condena el hecho de haber sido partícipe de una praxis que socialmente no está permitida.   

No queremos pasar por alto el tinte político que el film guarda. Sí, lo hay. No hay dudas. Pero tampoco hay dudas de que este lado político de la cinta solo es un tema tangencial. Solo es utilizado para condenar más a la persona que parece no formar parte de una sociedad moralizadora.  

Pese a la intención que busca Erik Lamens (La infame, El hechizo), la película no deja de lado ese lado ético con el que precisamente luchan los protagonistas. Después de todo (más de veinte siglos de historia), (nos queda claro que) somos personas “civilizadas” y no unos “salvajes”. 

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