Un perro yonqui y otras mentiras leves.

Alzamora, Armando.
Un perro yonqui y otras mentiras leves.
Lima: Paracaídas, 2012; 69 pp. 

La publicación de un primer libro no solo es un paso decisivo para el desarrollo de la literatura de determinado país, sino, sobre todo, para el propio autor.

Un perro yonqui y otras mentiras leves deja de lado ciertos y comunes tópicos dentro de la tradición literaria peruana para construir mundos alternativos, espacios inusuales, climas inquietantes, los cuales, al parecer, no pueden estar presentes en nuestras propias realidades, cuando, en verdad, dichos espacios conviven con nosotros, característica que nos hace recordar las palabras de Julio Cortázar, cuando hacía referencia a su escritura: “el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes, sino en las excepciones a esas leyes…”. Esta cita la podemos vincular con las palabras que Armando Alzamora (Lima, 1982) nos ofrece en una reciente entrevista: “Es algo que también uno ve en el día a día, solo que muchos no lo advierten”. De antemano, Un perro yonqui y otras mentiras leves es un libro diferente, que aprovecha elementos familiares, cotidianos, con los que el autor aprovecha al máximo sus recursos narrativos; historias que buscan subvertir y perturbar. 

El libro contiene once cuentos, entre breves y brevísimos. “Un perro yonqui” –cuento que abre el libro- presenta una historia sencilla en cuanto al hecho que nos narra: se descubre a un perro que padece de una “tóxico-dependencia crónica-severa”. Maty –nombre del perro-, a medida que la trama avanza, ingiere diferentes sustancias (estupefacientes, al fin y al cabo) que perjudican su salud. No obstante, al perro no parece importarle, ya que siente una adicción extrema hacia ellas. Ante este problema, su preocupado dueño lo interna en un “Centro de Rehabilitación Mental para Perros”, esperanzado en que puedan salvar a su preciada mascota. ¿Qué relación habrá entre estos personajes? ¿Acaso una relación entre padre e hijo? ¿Entre una generación adulta, protectora y, finalmente, opresora y otra rebelde, que desea seguir solo sus apetencias o impulsos internos? “No mostraba mejoría. Por el contrario, cada día parecía más enloquecido y brutal” (23-24), dice el narrador. 

Con “Turbación”, Alzamora consigue un cuento redondo, plausible. Aquí, la atmósfera invade poco a poco la historia, y mientras el lector la va haciendo suya, este también queda atrapado dentro de las redes que las páginas han ido tejiendo. El elemento fantástico juega un rol importante aquí, agregando a este la naturalidad necesaria, sin perjudicar los dos planos que el texto propone: “Creo que pestañeé, no lo recuerdo, pero en un abrir y cerrar de ojos me encontré alejado de la realidad. O sería mejor decir ‘perdido dentro de ella’” (33). Si bien es cierto que podemos emparentarla con una película de Amenábar, puesto que el mismo cuenta señala “Nada es real, Vicente, nada…”, la historia nos es nada más que la de un hombre y su universo creado, un universo hechura del pasado tormentoso y lacerante que solo le pertenece a él. 

Estamos seguros de que así como en “Un perro yonqui”, “Muerte de Jesucristo en Los Barracones” y “Fábula” son historias que traslucen críticas a nivel familiar y social, por lo que el lenguaje cobra mayor fuerza. En el primero, con el uso de un lenguaje periodístico (exacto, directo, muy adecuado), se lleva a cabo un “ajuste de cuentas” por parte de los denominados Superhombres contra un individuo al cual torturan y ultrajan: Jesucristo. En el segundo, el narrador compara al conflictivo protagonista con un animal que solo vive y produce lo que verdaderamente le importa: la literatura. Los demás cuentos y microrrelatos que conforman el libro, pese a sus diferencias, son historias relacionadas con la soledad, la marginación, el deseo de identificarse con otras personas, las cuales, a veces, dejan de pertenecernos, cuando el cariño y afecto, en muchos casos, no asoman o solo desaparecen (véase el cuento “El tiempo invisible”); y con personajes que perfectamente se asemejan al protagonista del microrrelato de “Vida y muerte de un poeta”, del cual arrojan sus inéditas confesiones a las aguas turbias del río Rímac. 

Aunque consideramos que el autor tuvo que haber pulido ciertos finales, haber eliminado algunas palabras, haber apostado más por la narración que por la explicación, así como haber terminado de cuajar una que otra historia, Un perro yonqui y otras mentiras leves cumple con aquel precepto de Julio Ramón Ribeyro cuando refería que “La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada; y si es inventada, real”. Y podemos tomar otro: “El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que puede leerse de un tirón”. 

Dicha brevedad, en el libro, se adecúa más a su propia naturaleza: la de narrar. Más que brevedad, se ve un intento por ser conciso (Imbert). Para lograr esto, el número de palabras (hay cuentos que constan de un número inferior a las quinientas, cuatrocientas o trescientas palabras), no es una obligatoriedad, sino una exigencia para la coherencia interna de lo escrito. De ahí que haya dos aspectos por los que podríamos catalogar a los textos del autor como microrrelatos. Uno: la extensión. Como ya se ha dicho, el libro presenta textos que no rebasan, en algunos casos, las doscientas palabras. Dos: el carácter narrativo. Todas las historias –menos “La mujer de la ventana”- desarrollan sus conflictos con sus respectivos desenlaces. 

Esperamos que el siguiente paso que dé Armando Alzamora sea mucho más firme, ya que con el primero nos ha advertido que está dispuesto a transitar en este largo y accidentado camino llamado literatura. De lo que estamos completamente seguros es que con Un perro yonqui y otras mentiras leves nos los cruzaremos por las calles tarde o temprano. 

Publicado en el cuarto número de la revista Fix100, Revista hispanoamericana de ficción breve. (Aquí el link: http://cpecperu.org/docs/index.php?option=com_wrapper&Itemid=79).


Comentarios

Anónimo dijo…
Me encantó el libro. Soy de Colombia y un colega, al regresar de Lima, nos compartió la obra de Alzamora. Manejamos un taller literario y trabajar con Un perro yonqui y otras mentiras leves nos ha resultado fructífero. Saludos de Gabriela desde Cali.
Anónimo dijo…
Sin duda , el autor dará que hablar en los próximos años con sus futuras publicaciones. Superar el nivel con el que escribió el Perro Yonqui es un buen "termómetro".
A dijo…
Es grato tener esas noticias. Ya me habían comentado lo de Colombia. El perro yonqui logró ladrar más lejos de lo que esperé. Saludos, Gabriela.

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